sábado, 20 de agosto de 2011

Pensó, no sin razón, que aquel sonido estaba más allá de cualquier concepción humana. No era posible, se decía, para una mente terrena, concebir tan hermosa sucesión de armonías y, menos aún, que existieran voces capaces de interpretarlas. ¿Qué era lo que sonaba? ¿cómo era posible que no lo hubiese escuchado nunca antes? En su perplejidad, se dió cuenta de que todo lo percibía como si estuviera recuperando la conciencia, como si despertara de un sueño profundo. Con los ojos aún cerrados -no podía abrirlos, de hecho, por más que se esforzaba- comenzó a recordar lo sucedido.

Eran las seis menos cuarto la última vez que miró el reloj a no más de cincuenta metros de la sala de conciertos. No faltaba más que cruzar la calle, subir la escalinata y entrar. Había tiempo suficiente. Justo, pero suficiente. Ni siquiera tendría que detenerse en la taquilla a comprar el boleto. Lo había adquirido días atrás y lo llevaba en el bolsillo de la camisa. Tocó para asegurarse... Sí. Allí estaba. El semáforo no tardaría más de diez segundos en permitirle el paso. No había necesidad de aventurarse a cruzar corriendo por entre los automóviles que circulaban a alta velocidad.

¿Cuánto tiempo había esperado para esto?
Toda una vida ahorrando "de a poco" porque "algún día ese coro de ángeles se presentará en esta ciudad y yo voy a estar en primera fila, tan cerca, tan cerca, que si yo cantara, mi voz saldría disparada hacia el público confundida con las demás voces como si yo mismo estuviera sobre la tarima".

Mientras algunas personas se desviven soñando mansiones gigantescas y autos costosísimos, otras viven con la sóla ilusión de poder disfrutar antes de morir, en primera fila, un concierto.

¿Qué hora será? Ya deben pasar de la seis. La presentación habrá empezado. Quizás esas voces que oigo es el sonido que trasciende las paredes del teatro. Y yo sigo aquí, sin poder cruzar esta calle. Pensándolo bien, ¿donde estoy?. Al abrir los ojos, muy lentamente, puede divisar, a su altura de observador, el primer peldaño de la escalinata, a no más de ¿treinta metros, quizás? Lo observa por el espacio vacío que queda entre dos personas de la multitud que se ha agrupado en torno a él. Un hombre grita concierta desesperación, sosteniendo la cabeza entre las manos. Él no entiende lo que dice, pero sabe que grita. También sabe que la multitud está produciendo un sonido ensordecedor, por algún tipo de conmoción, pero lo único que alcanza a oir es el sonido del coro interpretando una de sus piezas favoritas. De algún modo, sabe que el hombre de las manos en la cabeza, es el chofer del automóvil con el parabrisas astillado. Ya despierto del todo, del todo recuperada la conciencia, pero aún sin saber muy bien lo que pasó, descubre el motivo de la conmoción general: ve un cuerpo, tendido cuan largo es, en medio de la calzada, justo en el instante en que alguien lo está cubriendo con una sábana negra o algo que se le asemeja. No puede oir los sonidos de la multitud, pero el coro de ángeles se escucha cada vez más claramente. Cada vez más cerca. Ahora todo lo observa desde arriba... y se aleja... y se aleja...

miércoles, 27 de julio de 2011

Qué Vaina!

Qué vaina, viejo. ¡Qué vaina!
Nunca pensó tu voluntad
que el cuerpo le fallaría.
Tú que siempre repetías:
"Y mientras el cuerpo aguante..."
Qué vaina, viejo. ¡Qué vaina!
¡Qué vaina te echó la vida!

lunes, 4 de julio de 2011

La puerta de los sueños

(Sobre una obra de Javier Aragunde: A Porta Dos Soños)

El sueño...
Esa puerta inconsciente al universo paralelo
donde todo es falso y todo es cierto.
Camino [yo] por el sendero indescifrable de los sueños
hacia el bosque donde habitan
los miedos más terribles y los más grandes deseos.
Busco el cielo en el mundo de los sueños.
Busco a Dios en los dominios de Morfeo...
Fue allí, donde, una noche, le encontró Abraham.
También María, la madre del Nazareno.
Entre sueños está el puente que une lo visible y lo invisible,
Lo efímero y lo eterno,
La materia y la substancia, su asidero
más allá del infinito.
Adán nació del sueño de un Dios universal.
Yo, del sueño terrenal de una mujer extraordinaria...
y ambos somos ramas,
en el árbol de la vida,
separadas,
no más,
por la distancia temporal de un sueño.

lunes, 6 de junio de 2011

Circo romano

Un torero por león...
un toro por un cristiano...
Esto es civilización
aquello "circo romano"...

¡Que poco cambian algunas cosas!

(1999)

domingo, 5 de junio de 2011

De lo que veas, podrás hablar...
De lo que oigas, mejor callar,
porque, al final, deberás decir,
me lo contaron, yo no lo vi.

Y aún a lo que vieres ponle cuidado
No sea que la luz te mueva a engaño
mostrándote su mundo equivocado
de imagenes y sombras aparentes.

No juzgues, pues jamás sin haber visto
y aún después de ver modera tu juicio.
No falten nunca espacios a la duda.

que todo bajo el sol tiene su causa
que cada ruido tiene su silencio
que todo movimiento tiene pausa

y sólo Dios entiende de motivos.

martes, 24 de mayo de 2011

A Antonio Díaz, un año después.

Has notado Señor, al jardinero
que tiene tu jardín tan bien cuidado?
Ayer, no más, estaba a nuestro lado
hoy es, de tus ángeles compañero.

Amigo del amigo. Verdadero
hermano a sus hermanos entregado.
Fue dar sin condición su gran pecado
y su mayor defecto, ser sincero.

El Cielo, con su marcha ganó un ángel.
Por eso, sin dudar, hoy te decimos
Señor, quienes de algún modo tuvimos

la ventura de haberle conocido,
Gracias por habernos permitido
tenerle tanto tiempo entre nosotros.


Cuando alguien se nos va, así, definitivamente, como tú te fuiste, para no volver, nuestro primer impulso es mirar al cielo y reclamar a Dios: ¿POR QUÉ TE LO LLEVASTE?, cuando más apropiado sería decir: GRACIAS, SEÑOR, POR TODO EL TIEMPO QUE LE PERMITISTE QUEDARSE ENTRE NOSOTROS.

Algunas almas puras tienen los días contados en el mundo de los mortales. Son ángeles con apariencia humana y, el privilegio de compartir con ellos, aún el más breve de los instantes, es un regalo que el Cielo nos da.

Un año después aún decimos: GRACIAS, SEÑOR, POR TODO EL TIEMPO QUE NOS PERMITISTE DISFRUTAR DE SU PRESENCIA!

José L. Dasilva N. / 2011

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Basta rimar cuatro versos, con una ortografía y una gramática que demuestran -ambas- un profundo desconocimiento de lenguaje y, lo que es peor, un desinterés total por su estudio, para ser llamado poeta; especialmente, si tales versos exaltan la figura del presidente o enaltecen la revolución, aunque el autor no crea ni en esta ni en aquél.
Vivimos rodeados de aduladores y, lo peor, es que los más grandes -de los aduladores- están en cargos de poder.